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A Argentina no hay que intentar entenderla, a Argentina hay que intentar disfrutarla. Esas fueron las palabras del librero joven en su casaca nueva del Barcelona, esa, la que parece fondo de presentación de Power Point, mientras le pagaba una copia de Mitomanías argentinas, un texto que ya había ojeado en el Ateneo y que se me había quedado en la lista de pendientes literarios. Toma, mejor lee éste, me dijo muy académicamente mientras me daba la copia de Mitologías de Barthes. El cerebro me captó, como siempre, un poco más lenta la situación y si tuviera el Rolodex mental un poco menos desempolvado, le pude haber contestado que a Barthes lo había trabajado como en cuarto semestre de la carrera, que no mamara. Pero no fue así.
A Argentina no se le entiende nada, no obstante ella me entiende a mí, a mi país, a mis medios y a mi historia, el taxista tiene un postdoctorado en ciencia política con especialidad en gastronomía y una tesis con mención honorífica en urbanismo. Que por qué comemos todo con ají, que de dónde soy, que qué estoy haciendo aquí, que disfrute, que no intente entender. Entiendo, seguro lo hago, la gente es la que se convierte en un misterio: está enojada, es gris, se sienta en los conciertos pero se asesina en el estadio, no con la selección argentina ni con Messi, pero sí con el barrio y los barras, con los sindicatos, los camiones y la basura.
El cotidiano argentino es un revólver que se apunta constantemente a la sien y que, sin darme cuenta, se trata de una broma, una ruleta rusa, no me la vaya a creer pero con cautela, sin pasarse de la raya. Ayer fui al cine, a ver el estreno de Néstor Kirchner, la película. Un presidente que se extraña, al que se le aplaude y al que se le llora. Según Ignacio Miri de Clarín la reacción fue fría. Tal vez fue mi sala en Alto Palermo pero desde la función anterior escuché gritos y cantos de esos como los del estadio, de esos que son todos iguales pero te ponen la piel en témpano, encendiéndote los focos de alerta. La chica junto a mí lloraba, berreaba, se reía, moqueaba, exageraba las onomatopeyas cuando salían los malos, se tranquilizaba con el hilo conductor de la cinta: una carretera cursi que llevaba a las montañas nevadas de la Argentina, un campo de flores y un footage de Néstor y Cristina, él con el pelo largo y fondos de botella y ella, unas cinco cirugías menos sin sus respectivas dosis de corticoides.
Con un cierre de película lleno de aplausos encendidos y el canto de la marcha peronista, no entiendo ese frío del que habla Clarín, pero tampoco entiendo los medios, mucho menos a la gente. En el taxi de vuelta y sobre Avenida Santa Fe, en el alto, se bajó el taxista de adelante, quien había sido lampareado por el mío después de cerrársele culero, hablando en mexicano. Me estás dejando ciego con las altas, pelotudo. Otra vez la frontera de himen entre la ruleta rusa de broma y la real. Unas cuadras más tarde me bajo del taxi y al voltear, el otro taxista ya detrás para joderse unas cuantas cuadras adelante. Todo mi extranjerismo en teoría evidente esta vez no figuró, claramente turista, o no, el acento no importó, no sobre la Argentina ni el derecho del taxista, ojo, no del pasaje: la rencilla política micro acallando al macro y viceversa. Pero no es así, puedo casi escuchar a algunos decirme, también escucho la afirmación de que todos los taxistas son pelotudos, que qué se le va a hacer. De opiniones polarizadas entre si, Argentina es un Martini o es un Cóctel Molotov. Yo sí le veo las naftas y las mechas y no tanto la ginebra o el Vermouth pero, qué se yo, seguro fue porque tuve un mal día, la percepción cambiará el domingo en la Bombonera cuando vea a Boca contra Racing. O no.
No sé que significa ser pequeño. Beauvoir no pudo ni ponerle sexo: para ella, el infante era un ente asexual que se define a placer. Para mí, una justificación idiota a la justificación eterna de ser mujer, menor, algo importante pero diferente. Nadie nunca lo explica y, no obstante, en la infancia a una la enseñan a comportarse en la mesa, la casa, en la escuela, a buscar un ideal plástico, un sueño irreal, sobre todo cuando se va hacia el contrario.
Pero, existen casos de definiciones precoces: estaba en sexto de primaria, once años, y junto con otros compañeros, pedíamos permiso para visitar a una maestra nueva que daba el bloque de inglés en el salón de segundo B. Algunos se llevaban más, se veían fuera de clase, mantenían un secretismo que hasta meses más tarde comprendí.
En secundaria, una amiga desapareció, la nueva maestra, también. Ya teníamos doce, resulta que se habían enamorado. De alguna manera, el ente dirigente se hizo objeto del deseo de una niña con poca femineidad, se la apropió, todo mundo se enteró. A una la corrieron, a otra la cambiaron de colegio y la desaparecieron: qué tragedia tan absoluta de una joven y vieja pareja de lesbianas.
Hoy empecé una lista de palabras bonitas: de sonido, de sus letras y de su(s) significado(s). Albatros, alcachofa y cardamomo fueron las primeras. Ave marina de gran tamaño, plumaje blanco y alas muy largas y estrechas. Es muy buena voladora. Planta de la familia de las Compuestas de raíz fusiforme, tallo estriado, ramoso y de más de medio metro de altura, y hojas algo espinosas, con cabezuelas comestibles. Planta medicinal, especie de amomo, con el fruto más pequeño, triangular y correoso, y las semillas esquinadas, aromáticas y de sabor algo picante. Pragmáticamente me significan fuerzas, estructuras y pájaros-alcatraces. Aunque la Real Academia cometa crímenes garrafales con recientes inclusiones, las bonitas pasan desapercibidas, ahí están.